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La represión en El Aaiún y el supositorio brasileño

En un viejo chiste se cuenta la estupefacción de un hombre que, en una farmacia de Sâo Paulo, ve como el dependiente le entrega una especie de rueda de bicicleta blanca. “¿Qué es esto?”, pregunta, "una aspirina brasileña, la más grande del mundo", le responde el dependiente. Entonces el hombre le arrebata la receta de las manos y dice: ”nada más; los supositorios los compro en mi país”.

Exactamente algo así como un supositorio monstruoso es lo que nos quieren vender para justificar la falta de decisión española frente a la innegable represión en El Aaiún.

Decir que el Marruecos es un vecino y que con el vecino se puede dialogar es algo obvio, pero la duda que de inmediato nos asalta es si el vecino quiere dialogar, y peor aún; por experiencia sabemos que la monarquía marroquí siempre decide la naturaleza del diálogo conducente a vendernos supositorios brasileños.

España no solamente tiene una deuda histórica con los saharauis, sino un deber moral ya que fue España la que, en 1975, dejó los territorios del Sahara Occidental en manos de Marruecos y Mauritania, evitando así que el proceso de descolonización culminara con la existencia internacionalmente reconocida de un país llamado República Árabe Saharaui Democrática, con la voluntad de los habitantes de la ex colonia española. Justificar de cualquier manera, sea esta la agonía de Franco o razones de geopolítica, es vendernos supositorios brasileños.

Indicar, como sucede a menudo, que en Marruecos se observan evidentes mejoras en cuanto al respeto de los Derechos Humanos, no es más que aplaudir ciertos gestos de la satrapía marroquí, actos para una galería condescendiente que, como ilustran los recientes hechos de represión y muertes en El Aaiún, lo único que demuestran es el talento marroquí para vender supositorios descomunales.

El pueblo saharaui ha demostrado hasta el cansancio su disposición a una salida pacífica y civilizada a un conflicto del que son las únicas víctimas. Los saharauis y el Frente Polisario han aceptado las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas explicitadas en el Plan Baker II, según el cual a partir del 31 de enero de 2004 los territorios saharauis ocupados por Marruecos gozarían de una autonomía de entre cuatro y cinco años, al fin de los cuales se haría un referéndum para decidir entre la independencia o continuar como una provincia marroquí. Desde los campamentos de El Tindouf, en un territorio cedido por Argelia para la sobrevivencia de los Saharauis y comandancia del Frente Polisario, la adhesión al Plan Baker II fue plena y, para demostrarlo, el 1991 el Frente Polisario suspendió toda su actividad militar contra las tropas marroquíes y mauritanas.

La respuesta de Marruecos ha sido una cadena de burdas justificaciones para no aplicar el Plan Baker II, desobedeciendo las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, y ha continuado con la represión, los crímenes de lesa humanidad y las violaciones de todos los derechos de los saharauis.

Pretender entonces que los diez asesinados por la represión marroquí en El Aaiún, el cerco militar a los campamentos, el impedimento a la entrada de periodistas, las amenazas a los voluntarios de Sahara Thawra, todavía no permiten una visión global y general de la situación que conduzca a una condena es, simplemente, intentar vendernos un camión de supositorios brasileños XL. La estrategia conocida de la satrapía marroquí respecto del Sahara Occidental es: reprimir, asesinar, anunciar mejoras y disposiciones a respetar las reglas del juego fijadas por la ONU, y enseguida volver a reprimir y asesinar.

Los saharauis de El Tindouf llevan más de treinta años esperando regresar a una patria que por derecho les pertenece. En esa ciudad de jaimas funcionan hospitales, escuelas, facultades universitarias, bibliotecas y, tal como sucede en El Aaiún, enseñan a sus hijos un español cargado de nostalgia.

Si a la nueva ola de represión y asesinatos emprendida por la satrapía marroquí el Frente Polisario responde desarenando las armas, entonces, en cuestión de minutos, seremos testigos de las condenas más enérgicas, y una vez más nos habrán vendido supositorios brasileños.

Por Luis Sepúlveda

Gijón, 15 de noviembre de 2010


¿Cuánto cuesta la visita del Papa?

¿Cuánto cuesta la visita del Papa?

Este es un misterio tan grande como el mito de la santísima trinidad, pero vale la pena hacerse preguntas al respecto, y me las hago como ciudadano estafado. Este año, y correspondiendo a los ingresos percibidos el año pasado, pagué cerca de noventa mil euros a Hacienda española, y no me quejo por ello, es más; me parece justo pagar impuestos pues quiero que la escuela pública y laica funcione, que la sanidad pública funcione, que el transporte público funcione, que la policía atienda a mis demandas de socorro en caso de apuro y que la justicia sea expedita. Para eso y por eso pago.

En mi declaración de Hacienda, en esa confesión a la hora de declarar cuánto gané de manera honrada y sin explotar a nadie, taché, como siempre, el semioculto apartado que, de no verlo con lupa, entregaría parte de mis impuestos a la iglesia católica española y al vaticano, a una religión que considero abyecta porque lesiona los derechos del 50 por cien de la humanidad, de las mujeres, porque ampara el abuso sexual de menores cometidos por varios miles de degenerados con sotanas, porque representa la parte más cerril y retrógrada de la sociedad, y porque toda su historia no se diferencia en nada de otras religiones cuyo fundamentalismo hoy nos aterra.

Es decir que no autoricé al Estado español ni al gobierno socialista para que con mi dinero pague los 13.333 euros -¡trece mil trescientos treinta y tres!- que cuesta cada minuto del viaje papal a España. Si es por pagar el combustible de los aviones Hércules del ejército del aire, lo hago con gusto si se trata de llevar ayuda humanitaria a zonas que la precisen, o para transportar a los abnegados voluntarios que acuden portando el ejemplo de la solidaridad social, pero no autoricé al Estado español ni al gobierno socialista para que con mi dinero pague el transporte del “papamóvil”, ese artefacto transparente como una vitrina de carnicería tras el que se escuda un sujeto supuestamente amado.

Un cálculo estimativo indica que la visita papal costará aproximadamente 29.8 millones de euros, y a esta cifra grotesca habrá que agregar lo que deduzcan los “sponsors” de las misas. En la blanca sotana del ex militante de las Juventudes Hitlerianas no se leerá “esta misa la auspicia almacén don Manolo, las mejores lentejas”, ni “Condones Santa Gomita, los que nunca te dejarán botado”, pero empresarios anónimos y adinerados, de aquellos no precisamente afectados por la crisis, y banqueros cuya irresponsabilidad ha generado la catástrofe económica, el caldo en que una derecha española sin más ideas que eliminar las prestaciones sociales prepara su regreso al poder, se soban las manos calculando las sumas con que defraudarán a Hacienda.

¿Era necesaria esta visita? ¿Para quién? ¿Por qué? ¿Es que los socialistas han abjurado del rigor científico de la economía y sólo esperan un milagro para superar la crisis? Cualquier habitante de España sabe que basta con unas gotas de ponzoña verbal de Rouco Varela para que los talibanes del nacionalcatolicismo se apropien de las calles, y si esto se agregan ciertas reflexiones casuales, muy casuales de Rajoy: “no me comprometo a respetar la ley de matrimonio homosexual”, es suficiente para que la visita papal pagada con mis impuestos y con los de todos los que no defraudamos a hacienda, se convierta en un carnaval de odio a la libertad, a la constitución, a los derechos conquistados.

Desde la condición estafado me sumo a los que dicen: Herr Ratzinger ich warte nicht auf Sie. Yo no lo espero, señor Ratzinger.

Luis Sepúlveda

Gijón, 5 de noviembre 2010


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